Javier Méndez-Vigo Hernández
El hilo conductor de este poemario ha sido la descripción de la barbarie contemporánea que para el poeta ha significado una bajada a los infiernos, por utilizar las palabras del gran poeta francés A. RIMBAUD. Por esto mismo la primera parte del poemario es la impresión que me produce la restramisión «en directo» de un holocausto, limpieza étnica, masacre o genocidio -da igual el término que se utilice al ser el resultado el mismo-. Una Tierra Santa (para las tres religiones del Libro) arrasada y quemada por fundamentalismo en mano de poderosos y abandonada por los dioses. Es la continuación de otra barbarie que me hizo recordar tiempos pasados (Ucrania) que me sirvió en la segunda parte de Noches tabernarias. La masacre que estamos viviendo en directo produce poemas como Juegos donde dos niños juegan en dicha tierra quemada con mirada perdía en un futuro inexistente. O unas Navidades que ya no serán nunca lo mismo ya que Cristo, Yavhé o Alá se olvidan de sus pueblos.La segunda parte es el Desaliento que la barbarie produce en el poeta.Por no ver a la paloma de la paz ya tendida en los campos de esta tierra quemada o arrasada y donde las flores son regadas por «ríos de sangre».Una tierra donde ni siquiera existen cementerios ya que el cementerio son los escombros. Es la tristeza al ver que la matanza no para. Sólo existe una esperanza o un hilo de aliento y este no puede ser otro que la vuelta deEspartaco.Quisiera dedicar este poemario a José María Domínguez Rodríguez; más que compañero, un hermano que durante cuarenta años me cogió de la mano. Allá donde esté, continúa caminado por las alamedas de paraíso que quisimos construir, y que las generaciones futuras puedan ver.